La llamada del Sol y el resurgimiento de las Estrellas

Dicen que el sol se ve desde cada una de las esquinas del universo. Sin embargo, cuando no lo hay porque en el horizonte se desintegra, surge la luna, diosa roja aparece y crece en la noche, da una luz, un espejismo plateado hacia todos los seres del mundo, iluminando miradas, corazones y almas recién rasgadas de sus antiguos cuerpos.

Mientras el pequeño dragón dormía en la nocturnidad, el mundo avanzaba como un ser oscuro, bellaco, lleno de intrusos y centelleantes sombras. Por las noches, mientras él soñaba feliz, su abuelo recogía el fuego para darle forma y color y elevarlo hacia el cielo, para que esas pequeñas lamparitas de fogosa luz pudieran iluminar el cosmos.  

Todas las mañanas, el cielo reflejaba la vida –y la muerte– de quienes protegía bajo su manto. El pequeño dragón fue creciendo hasta que, una noche, se levantó de repente sin ver nada, salvo a la luna. El cielo carecía de estrellas. Se puso pálido y corrió a ver a su abuelo. La luz plateada del único lucero que brillaba en el cielo, dejaba ver la preocupación de los ojos de Aurelion en el cuerpo –inerte– de su abuelo. Se arrodilló a su lado sabiendo que la responsabilidad que ahora acogería en su voluntad y en su existencia era la mayor de todas, aquélla para la que había estado aprendiendo estos últimos setenta años. Era aún muy joven, pero, con los ojos llenos de lágrimas, lágrimas de dragón, miró al cielo. El cielo, triste, apelmazado, lo observaba. Lloraban juntos entre la brillante tormenta de apagada luz que se cernía sobre él. Solo caían pequeñas estrellas, en otro tiempo fuertes luceros que llegaban incluso hasta el nacimiento del alba. En ese momento, en esa negra noche sin luz, caían estrellas muertas, tristes y lúgubres sobre los dorados cuernos de Aurelion.

Y el ahora ya gran dragón, pensó: -“Hoy es la única y última noche que habrá sin estrellas. Mañana me toca a mí”

Al día siguiente, toda Runaterra se había enterado del suceso. Pensaban que sería una noche larga ante un dragón aún inexperto; pero el sol salió. Aurelion Sol dejó salir al sol y resplandecer como nunca. Brillaba todo. Los colores eran más fuertes, más lustrosos, llenaban de amor y de energía a cualquier ser viviente que se despertara asombrado por una luz tan pura como la que apareció ese día en el cielo. Aurelion estudió y repasó todo aquel día para desempeñar aquella noche su deber. Cumpliría el trabajo para el que había nacido como lo hico antes su abuelo y como se le encargó desde el día en el que nació.

Era ya cerca del atardecer. Aurelion estaba nervioso. Era su noche, la noche de la creación de nuevas estrellas y de la recreación de un nuevo dragón cumpliendo con su obligación. Y estaba preparado para dar luz de distintos colores a todo el mundo. Además, los guardianes de las estrellas lo ayudarían si fuera necesario. Temblaba, pero era un digno trabajo y una gran razón para estar orgulloso de su existencia.

Llegó la noche e hizo todo lo que le habían enseñado. Creó cada luz, cada color, cada vida que resplandecería esa noche en el cielo. Y después, lanzó todas hacia el infinito. Tardaron en llegar y desaparecieron. Aurelion se quedó muy triste porque pensó que había fracasado. Pero entonces, el abismo celestial se iluminó de eternos resplandores de colores, creando formas en el cielo nunca vistas en los milenios ya pasados. Había más luz que nuca. Los guardianes se sentían enormemente pequeños ante aquel espectáculo. Sonrieron felices a Aurelion y lo felicitaron por su trabajo.

Y aquel gran dragón que ahora era ya todo un creador de estrellas, voló hacia sus astros, fundiéndose en la inmensidad con ellas, sabiendo que era feliz, sabiendo que había cumplido su sueño, ya era oficialmente el creador de estrellas de Runaterra.

Autora: Neila Rodríguez «Eyssyan»